Sábado, Septiembre 04, 2010
   
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Mibal MMX

Mibal MMX

La sangre salpica mi conciencia y provoca la pregunta.

¿Por qué? 

¿Por quién?

¿Acaso las palabras son el cristal de la lucha?

O son mensajes crípticos de luchas centenarias por libertad  y justicia.

¿Buscamos lo concreto?

El balance real del derecho al conocimiento en harapos o en galas opulentas.

O acaso hemos escondido en la metáfora del conocimiento

la ira en contra del compromiso adquirido,

de la desilusión que nos provoca aceptar

en lo que nos hemos convertido:

el des … encanto.

 

   

Y uno y dos y tres

Y uno y dos y tres

 

         -¡Vamos Carmen, empieza a contar!

Y uno, y dos, y tres...

La niña saltaba la cuica al son de las voces que coreaban el conteo. Su cola de caballo, azabache adornado por destellos rojos, oscilaba en el viento, cual director de orquesta que marca la música. Su uniforme saltaba con ella, festejando su infancia.

–Y…. ¡salte…, ahora!

Otra niña entraba en la cuica, mientras ella se unía al coro de voces, justo cuando un súbito aguacero rompió el grupo y todas corrieron, mientras se escuchaba el timbre anunciando el retorno a las aulas en el Colegio San Benito.

Y uno y dos y tres…

Era una chiquilla de muchos libros, de sonrisas espontáneas y de múltiples talentos. Su vida transcurría entre el colegio, la danza, el piano y el dibujo. Ya se perfilaba como toda una líder del futuro.

Su desfile de graduación de sexto grado comenzó con la misma marcha que cinco  años atrás enmarcara la primera. Sus padres sonreían orgullosos, la abrazaban, la besaban y entre risas y felicitaciones la llevaron a comer, a celebrar.

–El regalo que tú quieras hija ­­­­­-decía el padre.

–Nuestra única hija, nuestro tesoro, la niña de mis ojos –decía su madre.

Y uno y dos y tres,…

El vals de sus quince resonaba mientras Silvia levitaba en la pista,  balanceando los negros rizos sobre el traje blanco de amplia falda, adornada con canutillos, perlas y lentejuelas, con una corona de cristales que rebotaban la luz. Cual princesa de sueños encantados, bailó toda la noche con Alberto, el que habría de ser su príncipe para siempre. Muchos valses bailarían juntos.

            Un domingo, en una tarde de verano, con sus veinte primaveras, otro vals marcaba el comienzo de una vida en compañía. La bailarina entregó su carrera  y se casó en la catedral con otro vestido blanco, todo cubierto en diminutas perlas, con un velo que ocultaba sus grandes ojos negros y sus pómulos pronunciados. Alberto la esperaba en el altar, como un elegante caballero, atlético, educado, todo un abogado, con la promesa de amarla para siempre, y  serle incondicionalmente fiel.

  La boda se celebró en el Casino de Puerto Rico con la Orquesta Sinfónica de entrada y la música bailable de la Orquesta de Moneró. Cuatrocientos invitados, desde el colegio hasta la banca, todos con sus mejores galas, llenaron el salón.  Entre copa y copa las alabanzas de sus padres no se detuvieron.

El tedio de la rutina conyugal la encaminó a burla el juramento de fidelidad eterna. Desde el entrenador personal hasta el mejor amigo de su esposo todos se ofrecían a colmarla de adulaciones y mimos, porque sabían que ella los extrañaba. Pero ante ellos la bailarina aclaraba la diferencia.

–No es que te quiera, es que te deseo –le confesaba Silvia a sus amantes desde el comienzo de la relación. –Sólo tengo un verdadero amor, mi marido

Y uno y dos y tres,….

Otra niña brincaba la cuica en otro tiempo, en otro colegio, con otra cola; roja, para honrar a su padre. Las mismas risas, los mismos coros, diferentes voces...

–La niña de mis ojos –le decía Silvia.

Cuarenta años más tarde todavía la lloraba. Nunca hubo otras niñas, ni risas, ni saltos.

Y uno y dos y tres…

¡Bam!

 Todo su cuerpo se convulsionó.

Y uno y dos y tres

El azote de la puerta al cerrarse marcó el comienzo del huracán y pasó la noche al lado de Alberto en completa oscuridad, escuchando las lluvias, el romper de los árboles y el chirrido de las ventanas tratando de resistir. A la mañana siguiente una paz sin color dibujaba el monte en un llano y la angustia de otra pérdida se postraba en su alma.

Alberto la cuidaba mientras  ella se sumía en aquella pena tan intensa. Ni las bromas de su esposo, ni las fiestas, ni siquiera sus amantes la pudieron rescatar. Un nudo perenne le apretaba la garganta y su pecho había perdido el espacio para albergar el aire. Sus ojos se inyectaron de un rojo sutil, siempre listos para desbordar una lágrima.

Y  uno…………… y dos…………… y tres…….

La raíz de sus cabellos fue perdiendo el color y marcando los años.

El gentil doctor lo trató todo, desde Elavil, a Prozac, hasta Cymbalta, la lista de antidepresivos y sus combinaciones no fueron suficientes y, por recomendación de su siquiatra, se complementaron con largas estadías en el hotel de los perdidos.

-A ver si se encuentra de nuevo, puede ser, tal vez un mes…

Y dos………, y tres…….…

Pero el recuerdo de la pequeña niña atropellada por un carro no se fue nunca y los   dos años de internado en el hospital siquiátrico no lograron sacarla de aquella depresión. Con el tiempo se le agregó la diabetes, la alta presión, el Parkinson y el comienzo de Alzheimer.

-¿Me tomé las pastillas esta mañana?

-Sí –le contestaba Alberto.

Una mañana otra voz contestó su pregunta. Alberto se fue, sin esperarla, y otra pena peor se acumuló en su pecho.

-No, aún no, señora. ¿Se las traigo?

-No, hoy tengo la mente clara, yo las busco.

Y uno, y dos, y tres,…

-¡Deja el conteo de compresiones Carmen, dame el desfibrilador otra vez, rápido!

-Déjelo doctor, ya se fue.

-¿Cuánto tiempo llevamos?- preguntó el doctor de la sala de emergencia.

-Treinta minutos- le contestó la enfermera.

-Es momento de parar, dame la hora.

-La una y veintitrés de la tarde.    

   

Mibal LXIX

Estamos unidos por Eros y Afrodita.

Tres décadas

no pudieron separarnos;

sólamente educarnos.

Hoy…

la proyección de tu silueta

se transforma en vibración y fuerza

 con el roce de mi lengua y el espacio de mi boca,

buscando morir

en el  contorno de mi vida.

 

   

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