Comentario de Cartas a Datovia
Escrito por Cay Milo Martes, 16 de Marzo de 2010 01:55
A veces una lectura es el descanso de otra; así me ha ocurrido con Cartas a Datovia. Me encuentro leyendo El nombre de la rosa, de Humberto Eco, y ha sido una lectura interesante, pero fatigadora. En varias ocasiones se me han perdido los monjes, no solamente dentro de la biblioteca, sino dentro de mi cabeza. El viernes pasado decidí asistir a la presentación de la novela de José A. Rabelo Cartagena: Cartas a Datovia. Compré el libro y hoy, al terminar mi jornada, lo he tomado entre mis manos y lo he leído, como diríamos en buen puertorriqueño: de un sopetón. Un verdadero momento de esparcimiento.
Escrito en un total de 89 páginas, ésta novela, o tal vez podríamos llamarla nouveau roman, mantiene un formato epistolar convencional, que no por ello olvida el formato electrónico, porque lo intercala. Posiblemente quiere dejarnos saber que está consciente de que la novela epistolar, aunque sea ideal para el romance, ya pertenece a otro tiempo y ni siquiera los enamorados las volverían a escribir. ¿Para qué?, si existen los mensajes de texto desde el celular y podemos estar todo el día enviando estos mensajitos cortos de “Te amo” y todo lo demás. Regresemos a la novela. Tiene una narración amena, clara, pícara, con unas palabras inventadas, pero no por ello podemos postergarla al mundo de la lectura fácil y superficial. No es un comic. En sus líneas se encierra la complejidad de la protesta del hombre y su crisis ante lo deseado y lo posible. Rabelo se salió de la isla y se vistió de Datoviano para dejarnos saber que existe otro mundo en donde el conocimiento tiene tanto peso que es el eje primordial de la vida y por lo que verdaderamente pelearían. Entonces, desde ese mundo nos presentó el otro: el nuestro. Un Puerto Rico de tapones, de mal hablados, de seres endeudados porque no hacen buen uso del crédito, de política por todas las esquinas y de remembranzas de mártires en búsqueda de la libertad. Hubo momentos en que me pareció atisbar un maniqueísmo de la figura del puertorriqueño presentando todos nuestros malos aspectos. Sin embargo, la familia del taxista lo salva y descubrimos al puertorriqueño que te recibe en su casa y que sin haber dialogado con uno más de diez palabras ya es tu amigo de por vida.
En 89 páginas Rabelo consigue transportarnos al Almohadón de Plumas, de Horacio Quiroga, jugar con el simbolismo de sabiduría encerrada en los mensajes de la abuela, presentar al hombre en la búsqueda de si mismo renegando lo que era para luego aceptarlo por definitivo y, de forma sutil, intercalar un erotismo sin formato ni barreras, libertino. Es un contraste abierto con lo que somos y lo presenta con tal maestría que al final lo aceptamos, como si fuera posible.
Mibal IX
Escrito por Cay Milo Sábado, 13 de Marzo de 2010 02:02
Nos han abandonado,
solamente se han alejado,
pero ni siquiera nos llaman.
La vida es un círculo abierto que sólo lo cierra la muerte.
Cierra la puerta,
ven a la cama,
apaga la luz antes.
Debajo de las sabanas mi piel y tu piel
reposan quietas en el tiempo.
El vals de Juliana
Escrito por Cay Milo Domingo, 20 de Septiembre de 2009 02:35
El vals de Juliana
No me extrañé cuando la vi aquella vez. Me había imaginado que de una u otra forma siempre regresaría pues ella solía decir: Yo siempre he estado aquí.
Con esas disertaciones me dejaba pensando en los conceptos de metafísica y de reencarnación. Pero una cosa es imaginar y otra es vivir la experiencia. Ese día cuando me dirigí a la cocina a hacer el café de la mañana y me encontré aquella estampa frente a mí, pensé que seguía dormida.
–Soy yo, Juliana, he regresado –me informó, así de sopetón, como si encontrarse un esqueleto sentado a la mesa del comedor en la cocina fuera una cosa de todos los días. Y a mí, más absurda todavía, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle:
–¿Por dónde entraste?
Después de todo fue lo mejor que dije porque nuestra conversación fluyó tan natural a partir de ese punto, como cuando tenía carne cubriéndole los huesos.
–Por entre las lamas de la ventana, las dejaste abierta –me contestó, con un aire tan natural– ¿De quién fue la idea de enterrarme en un ataúd de cinco mil dólares con aquellas flores tan ridículas para que al fin y al cabo no pudiera siquiera moverme dentro de él?
Me recriminó que no abogué por ella; que quería una tumba como la de los faraones egipcios, con sus joyas adentro y por lo menos unas cuantas botellas de vino y algunos libros para entretenerse.
– ¿Qué podía hacer yo? –argumenté–, era solamente tu amiga, tus padres no quisieron. Me dijeron que era una hereje, que a quién se le ocurrían esas prácticas de adoración. Por poco no puedo ni entrar a la iglesia para asistir a tu misa de Réquiem.
Pero nada, que ella siguió como si yo no estuviera hablando. Ya para ese momento mi único interés era beberme el café, y le ofrecí cuando lo serví.
–No gracias, no tengo dónde echarlo –me dijo jugándose con las costillas–. Ya no me da hambre, ni diarreas… ni regla, nada de eso –.Continuó diciéndome mientras se paseaba por la cocina, produciendo un sonido de golpecitos cortos y agudos cuando sus huesos golpeaban contra la losa.
Pasamos el día conversando y la invité a vivir, o mejor, a quedarse conmigo. No me iba a costar y tendría compañía. Quijote me alegraba los días y me mantenía ocupada, pero era un perro. Juliana se me presentaba como el ideal de las compañeras de habitación, conversaba, pero no consumía. Llevaba varias semanas en la casa cuando me pidió que la llevara a ver a su familia. Tuvimos un intercambio de frases que yo comencé con: ¿en esa facha, tú estás loca?; y ella siguió con: ¿cuál facha?; a lo que yo le respondí con: esa de esqueleto, tu madre se puede morir del impacto; y ella terminó convenciéndome con: no que va a ser, recuerda que es mi madre.
Cuando llegamos a la casa de sus padres yo entré primero y les avisé que les tenía una sorpresa, que aunque pareciera diferente era real. De nada me valió porque la madre se desmayó cuando vio a Juliana entrar y el padre corrió despavorido a esconderse en la cocina. Lo esperamos sentadas en la sala después de que la madre se recobró. Conversamos y pasamos una tarde exquisita. Mi amiga no perdió tiempo para recriminarles a los pobres viejos la caja en que la pusieron.
–Muy, pero que muy incómoda. Al pasar el tiempo fue más cómoda, cuando la carne se fue cayendo, pero al principio era horrible.
El resto del tiempo lo invirtió en ponerse al día sobre la vida y la salud de ellos. Había aprendido durante esos años a no gastar su tiempo en discusiones inútiles. Después de visitar a sus padres le cogió el gusto a salir y a partir de ahí no dejaba de molestarme con que saliéramos a visitar, a ver la gente. Yo no podía hacerle entender la situación por la que ella atravesaba. Un día se me ocurrió llamar a un amigo que es artista plástico para que le hiciera una cubierta del cuerpo. Me tomó cuatro horas y dos botellas de vino preparar el camino para esta conversación.
–¿Qué Juliana está esqueleto! –exclamó mi amigo en un tono burlón–, pero si no le faltaba casi nada para serlo y ya está enterrada.
Entre risa y risa la conversación fue adquiriendo seriedad y mi amigo se ofreció a verla en ese mismo momento –borracho, porque creo que sobrio no habría podido-. Ni siquiera por un tris pareció asombrado. (¡Ah, la magia del alcohol!). Después de un rato ya todos compartíamos felices. En una semana mi amiga vestía una recubierta de vinyl tan fino que simulaba la piel (con arruguitas y todo), ojos de cristal, dentadura postiza y peluca de pelo natural. Lista para salir. Obviamente la hizo de mi tamaño para que pudiéramos compartir mi ajuar.
Comenzamos a frecuentar: a los hoteles, a cenar, al teatro. La estábamos pasando muy bien; hasta que, una tarde en el teatro, un caballero se nos acercó. Desde que lo vi supe que el infierno había llegado. Renato se llamaba. A partir de esa tarde éramos tres. Que en cuestión de un mes éramos cuatro porque Renato se ocupó de encontrar un amigo para mí. Mi amiga estaba encantada con la idea, pues a partir de entonces ella y Renato salieron solos. Él la encontraba diferente, según me comento ella, pero encantadora. No tenía necesidad de tomar o comer cosa alguna y ese detalle tenía al enamorado intrigado. Ella lo resolvió con una historia de alergias y dietas especiales que calmaron la curiosidad de Renato como se calma la de los niños ante Santa Claus. En todos los momentos posibles, y sin preocuparse por los que estuviéramos presentes, la besaba en la cara, en la frente, en los labios. Juliana, después de cada beso se tocaba el área lentamente, como si pretendiera esculpirlo en su piel. Todo parecía idílico. Eventualmente Renato se enteró del gran secreto y le propuso matrimonio.
La boda se celebró en la Catedral de San Juan y Juliana desfiló con un ajuar diseñado por Carolina Herrera, de falda ancha, plisada, en satén duquesa. Un verdadero sueño. El bouquet de la novia era de rosas blancas con cintas negras. Ella despedía rayos de luz de sus enormes ojos azules y el novio mantenía un aire hipnotizado durante toda la ceremonia. De la iglesia partimos al hotel. Un cuarteto de violines nos recibió en la entrada. En el momento del vals, el novio no dejaba de besar a Juliana y ella repetía aquel movimiento que tantas veces yo había observado; y oteaba alrededor de la sala, repleta de gente, de niños, de amigos y amigas que bebíamos y reíamos con ella. Juliana salió de la pista de baile. No pude comprender su actitud pues hasta ese momento ella se veía feliz. Se paró frente a mí y se arrancó la peluca. Me quedé atónita.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás haciendo eso? –le cuestioné varias veces mientras la observaba caminar desesperada de un lado al otro en la sala y decidirse eventualmente por salir corriendo del recinto hacia el jardín del hotel. Renato y yo partimos detrás de ella. Cuando llegamos al jardín la encontramos desvistiéndose. No pudimos calmarla y prosiguió a arrancarse los últimos vestigios del vinyl para quedarse como el primer día en que la vi sentada a la mesa del comedor después de quince años de muerta: en esqueleto.
– ¡Ahora!, –me dictó con autoridad– rómpeme y llévame al cementerio.
***
Eso fue hace cinco años; y desde entonces, espero encontrarme un fémur o una tibia en la mesa del comedor cuando voy por las mañanas a prepararme el café. Por cierto, tampoco he vuelto a ver a Renato.
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