Martes, Septiembre 07, 2010
   
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Comentario crítico

Comentario crítico de “La Inutilidad” de Eduardo Lalo
La literatura puertorriqueña que hemos revisado hasta el grupo de los setenta guarda en su interior un grito de coraje y frustración ante los quinientos años de coloniaje que hemos vivido y la incapacidad de librarse del último conquistador. Casi todas las lecturas en forma gráfica y objetiva, como lo es en a La Charca, Tierra Adentro o El Manglar, o en forma alegórica, como lo es en “Los perros” nos proveen este mensaje dentro de una estructura de corte realista, naturalista, o de ambos. Eduardo Lalo pertenece al grupo de los escritores que a partir de los ochenta, según Mario Cancel, en Literatura y narrativa puertorriqueña, la escritura entre siglos, buscan deconstruir esa “tradición narratológica” (87). Para lograrlo, hacen uso de las tendencias francesas como por ejemplo la nouvelle roman.
Eduardo Lalo define a gran parte de la literatura puertorriqueña como “fofa”, según la entrevista que sostiene con Ana María Marzan, porque entiende que se escribió mucho “para defender una causa y poco para crear un universo literario”. Yo comparto este pensamiento, pero no creo que Lalo se libró del todo de ésta influencia. Tampoco creo que consiguió lo que según esa entrevista es su meta primordial: “escribir sin ser víctima de un complejo”.
En La Inutilidad, narrado en primera persona, al estilo de nouvelle roman, nos encontramos una narración de lo que podría ser un tema superficial y liviano: un hombre indeciso ante dos mujeres. Al narrar en primera persona, el escritor logra que el narrador convierta al narratario en cómplice de las acciones y divagaciones del protagonista principal. La obra tiene un tono de melancolía y de angustia que es propio de un escritor poeta como lo es Lalo. Marie, mánico depresiva, lo amarra y lo somete, pero comparte con él el interés por la cultura y lo literario. Simone es educada, pero sin interés alguno por profundizar en más conocimiento; vive y disfruta sin sufrimientos mayores, no le interesa leer o aprender mucho más. Esta exposición de opuestos es imagen del consciente. El narrador pretende en complicidad con el escritor evitar el tema del coloniaje y gira la narración hacia ésta historia fresca y casi trivial ambientándola en París, paseándonos por el Sena y por el Boulevard de Montparnasse entre otros. Sin embargo, el subconsciente le reclama y le trae la soledad que se vive lejos de los suyos y por ende alegoriza en Marie, la descontrolada y posesiva, que lo toma y lo deja, al colonizador poderoso, que nos brinda bienestar y nos maltrata, pero siempre lo queremos. Simone, por otro lado, se convierte en una alegoría del puertorriqueño sin más interés que vivir plácidamente y sin interés de otro conocimiento, no les interesa leer.
La obra comienza en Paris y, como senalé anteriormente, es narrada al estilo de la nouvelle roman, sin muchos detalles. Un narrador autodiegético le confiere al texto una intimidad casi real. Sentimos su indecisión y su sufrimiento. Por otro lado, este recurso consigue presentar la obra en un tono más moderno; y el ambientarla en Paris lejos de las calles del Viejo de San Juan, aunque lo mencione en la primera línea, le confieren un aire universal a la obra. Tuve recuerdos de El pez dorado, de Le Clezio en el estilo de la narración. El narrador pretende evitar las referencias a la isla por su nombre, pero eventualmente es inevitable y a medida que la nostalgia y la soledad le invaden nace el sentimiento de la búsqueda de solidaridad en el latino, en la lengua hispana que nos brinda compañía y consolida el sentido de existencia, de pertenencia al entorno en donde nos encontramos. En esa búsqueda él viaja con Simone a Espana de vacaciones. Pero este retorno a sus raíces también le trae la conducta vil y ratera del vendedor ambulante que pretende asaltarlos con una cuchilla haciéndose pasar por buen samaritano que los va a ayudar. Cabe señalar que en Paris, nadie lo asaltó en los nueve anos que estuvo allí, pero en Espana no tomó ni una semana. ¿Será acaso esto la referencia a las cualidades negativas de la busconería, del pícaro que pretende el dinero fácil y que se nos atribuyen como herencia de la madre patria? Me parece que es una referencia al cuadro que ya conoce, el de una ciudad cosmopolita en donde podemos ser víctima de asalto ante cualquier buena persona.
Lalo consigue ante mis ojos crear una obra lejos de la isla, pero al sacarla de Paris y traer la narración a San Juan, rompe el esquema y el tono. Se acerca a la periferia del realismo; y la convierte, haciendo uso de otra historia, en una disertación novelística ensayista que censura el poco interés por la literatura que tiene el pueblo en general y la actitud superficial y consumerista que lo rodea. Es aquí donde yo entiendo que se cuela el escritor con “víctima de un complejo”. El complejo de tener todo ese conocimiento y ese interés con la desgracia de haber nacido en una isla, lejos de París, de los grandes literatos. Es aquí donde se reconoce la inutilidad, la inutilidad de un conocimiento que no produce dinero, que es lo más importante el isleo.
Si estuviera en mis manos separaría las dos vidas. La inutilidad del amor comprometido en París como una historia aparte de la inutilidad de la vida de un escritor como historia. Pero entonces seria historia como otras cualquieras y es por no ser asi que tiene un atributo especial.


Bibliografía:
Lalo Eduardo, (2004) “La Inutilidad”, Ediciones Callejón, San Juan P.R.
Cancel Mario R. (2007) Literatura y narrativa puertorriqueña la escritura entre
siglos, Editorial Pasadizo
Entrevista a Eduardo Lalo por Ana María Marsan el 28 de enero de 2008. En Plural 19
http://pluralenlinea.blogspot.com/2008/01/entrevistaaeduardolalo.html

 

Los Amantes de la Torre verde

Los amantes de la Torre Verde

 

“…Quien quiera cazar, lo pongo fuera de duda,
Así como yo, puede gastar su tiempo en vano.
Impresionarla con diamantes en el llano de cartas
Allí esta escrito, en su justo cuello:
"No me toques", para César soy,
y salvaje para sostener, aunque yo parezca domesticada.”

Sir Thomas Wyart

No mi señor, no soy culpable. Jamás pudo mi cuerpo pertenecer a otro hombre porque mi corazón, mi pasión, mi alma entera le pertenecía a vos. Si bien es cierto que, con Vuestra Merced siempre las coqueterías de mujer prevalecieron y no medí la bendición de la iglesia en vuestro matrimonio, créame mi señor que el nuestro  lo he respetado; no porque le tema a la muerte, sino porque desde nuestra primera unión, cuando nuestros humores se intercambiaron, recibí parte de su ser y le entregué el mío. ¿Qué ha pensado mi amo? ¿Que he sido adúltera? Cómo pude serlo, si los ojos de toda una corte se fijaban en mi piel e iban clavados sobre ella con todos mis movimientos.  Yo no me vestía ni me desvestía sola. Mis damas de honor  siempre estaban conmigo. Se retiraban después de cubrir mi cuerpo deseoso y solitario posado sobre aquel lecho frío.

Le esperé mi señor, Le esperé todas las noches. Y derramé miles de lágrimas como ofrenda al cielo por vuestro regreso. Pero he tenido que vivir lo que otra antes que yo había vivido. Esa pecadora maldita que siendo viuda de vuestro hermano se casó con vos. Su pena no fue importante, era un castigo del Divino Creador por su pecado. Pero yo, mi señor, no merezco que poses vuestro deseo sobre una de mis damas de honor porque yo llegué al lecho virgen con la bendición del matrimonio. Y os juro mi amo desde aquí, encerrada en esta Torre de Londres, que mi pecho se regocija con el honor de que a pesar de todo sigo siendo vuestra esposa. El divorcio es una ofensa más grave. He sucumbido a la maldición de Catalina que me arrebato a mi hijo con su muerte. Sí, yo sé que la bruja ya fallecida introdujo sus manos en mis entrañas y desgarró a nuestro varón de su amarre; y ahora, desde la tumba, pretende asestar el golpe final de la venganza para separarnos.

Mañana, señor, me llevaran a la Torre Verde, pero ésta noche quisiera vivir mi última pasión con vos. Quisiera que fuéramos como esos amantes que se encuentran solos en el campo, protegidos del mundo y de la corte por los árboles. Que desmontan de los rocines y se posan sobre el césped, mirándose lentamente; vacilantes a comenzar, con la resistencia a terminar.

Tomarnos de las manos. Vivir el calor que de ellas emana antes de soltar el enlace y comenzar a acariciarnos. Quiero recorrer cada surco de vuestra piel para llevármelo grabado en la palma de las manos. Quiero desvestiros, y que me desvista y como esos amantes del campo, resbalar cuerpo sobre cuerpo. Dejar que todo se aleje de nuestros pies, y fijar en la pasión todos los sentidos.

 Esos amantes de mi sueño se han parado del césped y abrazados se acarician la espalda y reposan las manos sobre ese espacio de fortaleza carnosa que le da comienzo a las piernas.  Él descansa la cabeza sobre la de ella; y ella le besa el centro del pecho y recibe los vellos de esa piel como una caricia en su faz. Él le levanta el mentón e inclinándose con parsimonia le brinda la humedad de sus labios. La mordisquea gentilmente, primero el borde superior, luego el inferior. Atraviesa el portal con la lengua y consigue enroscarla suavemente con la de su amada; abrazándola, apretándola. Sí, la aprieta suavemente. Cuando ya la piel es toda una, desgarra el abrazo y se dispone a acariciar los senos blandos, erectos en desafío; y a arrojarse a la aventura de buscar los confines del placer dentro del miasma acre del humor aromático de los centros.  Ella ya no existe, el placer se ha apoderado de su materia y la joven observa a su propio cuerpo desde la distancia. Todas las caricias remontan siglos de pasión y lujuria.

Como la que he vivido junto a vos mi amado, mi señor, al sentir la blandura de vuestra lengua perdida en el contorno de mi bosque entre llanos y lomas buscando provocar  la cima mientras los campos se riegan de humores de placer y de dicha. Y yo gozo del majar de vuestro cuerpo, y libo vuestro sudor, succiono la piel y muerdo la carne. Busco esculpiros con puntadas de mi lengua y pintar sobre vuestro lienzo lamiéndolo. Escúlpame, líbame, succione mi cuerpo y pinte sobre mi lienzo. Escalemos la pasión hasta llevarla a la batalla. ¡Cuántas noches dominé vuestro sable y doblegué vuestro espíritu a mis espacios! Lo amarre y lo liberé por segundos para luego volver a halarlo, amarrarlo y liberarlo de nuevo, hasta que me he rendido a la fuga intensa y momentánea; la que en vuestro cuerpo provocaba un espasmódico vacío de vida, viscosa, dulce y placentera.   

Como ha ocurrido con mis amantes que ahora yacen extenuados sobre el césped amarados en un abrazo. Por las próximas horas se entregaran al descanso con la promesa de encontrarse de nuevo.

Pero ya nunca más podré sentir vuestro vacío o mi fuga, porque  mañana a ésta hora caminaré por estos pasillos con mi cabeza entre mis brazos; y vos, Su Majestad, no recordará a vuestra  Ana, Ana Bolena, porque ya estará nuevamente casado.

 

Mibal IV

Mibal  IV

Son solamente dos letras.

Ni siquiera son las primeras del abecedario.

Para conseguirlas, postergué un sueño.

Las trabajé con tesón y las escribo con orgullo.

Siento la satisfacción de servir para brindar un regalo que no se envuelve,

para poner una sonrisa al dolor,

un revertir lo hecho.

Pero mis glorias han sido mi infierno,

el enemigo que me estigmatiza ante los extraños,

que me distancia de nuevos y viejos amigos,

que me deja desolada,

que me coloca barreras ante los desconocidos

y me mancilla en el pluralismo de la queja contra los deshumanizados.

 

Los que han conseguido eliminar las dos letras, me han conocido.

   

Una Obra Surrealista

Un domingo en la tarde me encontraba aburrida en mi apartamento y después de revisar el periódico y otear páginas de noticias repetidas y panfletos de ventas de artículos de moda, oropeles de joyería, carteras, jaulas para aves y camas para las mascotas, (por cierto de todos los tamaños, pequeñas, medianas y grandes), decidí ir a visitar a mi amiga, la doctora. Cuando llegué la encontré ocupada preparando un bulto de esos que cargan los niños en la espalda cuando van a la escuela. La seguí por toda la casa mientras la observaba recoger los juguetes que iba echando en el bulto: bolas y muñecos de vinyl que emitían todo tipo de chirridos al ser apretados. Irmaxia rebozaba de felicidad contándome los pormenores mientras yo permanecía perpleja, sin saber que pensar. —Encontré esta escuelita tan linda. Es tan acogedora y a Andrea le encantó. ­—¿Que qué? Cómo tú lo sabes — le pregunté. —Porque no hizo más que llegar y se fue a conocer a los amiguitos. En un tris estaban corriendo por el patio. Yo no podía comprender el por qué de tanta algarabía y mucho menos con aquella intensidad. —La matriculé por tres días a la semana, solamente. Allí la van a educar en las destrezas básicas, a comportase con la gente y a comunicarse mejor. —Continuaba ella, en lo que a mí me parecía un monólogo de una obra surrealista; ante el cual tuve que reaccionar. —Es que tú tienes que escucharte, porque es increíble. Tu entusiasmo es como de película de Dysney. —¿Qué tiene de increíble? Ven, que te voy a enseñar la ropa que le compré. Mira, para el primer día le voy a poner este vestido con este lazo, rosa porque es su color favorito. —Muy lindo —Le comenté, mientras calculaba mentalmente que el costo de aquel ajuar en total, con lazo y todo, sumaria los cincuenta y cuatro dólares; suficiente para comprar treinta bolsas de arroz que podrían alimentar, como poco, a trescientas sesenta personas. —Se puso tan contenta cuando se lo medí. Y mira, para el “Día de piscina” le compré este traje de baño de dos piezas, rosa con líneas azul bebe. ¡Le queda precioso! Y las sandalias, ¿no te parecen preciosas? —Sí, están bellas. Pero, ¿dónde están las libretas, los lápices, los libros de pintar y las crayolas? ­—tuve que estallar. —Ay no seas tonta, ¿que tú crees?, que no recuerdo que Andrea es una perra — ­me respondió indignada. Sentí que Irmaxia estaba molesta, así que me despedí. El resto del domingo lo pasé en el pet shop; buscando una explicación.

 

Mibal III

Mibal III

 19 de septiembre de 2009

Las letras son responsables

por la ofensa de la palabra.

Algunas nunca ofenden:

Omar, amor, armo, mora, Roma.

Otras, irreverentes, despotricadas:

Bronca, carbón…

   

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